sábado, 30 de diciembre de 2017

Glosario_12

Diletante
Aunque en la actualidad predomine su acepción negativa asociada al conocimiento frívolo y superficial del arte, en principio fue un término de origen italiano –dilettante, participio de dilettare (deleitar)– que designaba a las personas dedicadas a la actividad artística por placer, con criterio y discernimiento pero sin fines comerciales. En el Renacimiento se consideraba una cualidad positiva (con exigencias técnicas) que debían poseer las personas cultas para relacionarse y disfrutar con el arte. Bien diferenciada de esa otra afición contemplativa, propia del connaisseur, limitada al análisis, interpretación y opinión, sin compromiso con la ejecución, tal y como hoy quizás podría ejercerla un crítico de arte.
En el Romanticismo, Goethe desarrolló importantes reflexiones al respecto, llegando a distinguir entre aficionado vulgar, auténtico aficionado y artista. En general, fue muy crítico con el desconocimiento de las técnicas y los problemas específicos del trabajo artístico que suelen mostrar la mayor parte de los aficionados, aunque se consideraba uno ellos. Admiraba profundamente la capacidad del artista para tomar a la naturaleza por modelo, mientras que el diletante solo parece encontrar sus estímulos en las propias obras de arte. Esta posición, asumida con inferioridad respecto del verdadero artista, quizás haya colaborado al giro peyorativo adoptado por el término, pero lo cierto es que Goethe, a la vez, ya reconocía en esa actitud la más adecuada para el disfrute del arte. La más capacitada para un discernimiento personal –ejercido sin temores ni frivolidades– que se compromete con su propia síntesis ético-estética y se distancia tanto de los prejuicios dominantes como de las actitudes pretenciosas.
“El diletante apuesta por su propio criterio frente a la tiranía del mercado socioeconómico, profesional o de estatus, pero también contra el imperio de la seriedad y el supuesto rigor que muchas veces diseccionan y matan al objeto de su afán. Sabe que necesita educarse para lograr mayor placer en su actividad, la que fuere, y por eso descarta el mero capricho, aunque sin aceptar la solemnidad de quien dice prescindir de los propios condicionantes biográficos, históricos o afectivos. Ejerce la tolerancia genuina y el eclecticismo, receptivo a la pluralidad y al cambio interno o externo, abierto a la verdad que pueda hallar en el camino, pues tan sólo la trata desde una posición más modesta a la par que orgullosa. No es un dandi que exagere las poses, sino alguien que ensaya sin descanso, es decir, que decanta y aquilata las cosas mediante el alambique de un juicio siempre en marcha; como tampoco es un cínico que esté de vuelta en la búsqueda ética de la lucidez”.
Luciano Espinosa (2015. Elogio del diletante, o la alegría de las cosas finitas)