sábado, 6 de abril de 2019

di_versos


En la ventana más pequeña y clara
de una noche poblada de luciérnagas,
ha surgido una estatua a medio hacer
de bronce y juventud atormentada.

Sombras, en el cristal de su mirada,
crujen como el azul duro y lorquiano
de mis huecos. Respiro  incertidumbre,
como la suya. Toco el desamparo,
en sus manos desnudas de abalorios,
tembloroso y helado como el mío.

Duelen los huecos.
                   Largos cabellos
para cubrir el pecho de su amada.

Su tiempo, saturado de futuros,
convive con orquídeas y paredes
agrietadas. Los cálidos refugios
revientan de quimeras y presagios.
Susurra un mar lejano, iluminado
por el brillo cansado de un ocaso.

Duelen las grietas.
                    Largos cabellos
para cubrir el vientre de su amada.

No quiero despertarme. Veo lunas
que permanecen juntas en las noches
(hasta que sale el sol). Ríos unidos
en un cauce. Montañas que se abrazan
a sus valles. Silencios y gemidos.
No es raro su paisaje a mi mirada.

Duelen las noches.
                   Largos cabellos
para cubrir el sueño de su amada.

Que su metal se funda con estrellas,
yo lo celebro. Son ya de cenizas
y chispas mi pasión y los poemas.
De cálidos rescoldos al relente.